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Text II (literarisch)

Hinweise:

  • Du hast einen Text deiner Wahl (Text I oder Text II) sowie eine unter Punkt 3 zum gewählten Text erscheinende Teilaufgabe (Teilaufgabe 3.1 oder Teilaufgabe 3.2) zu bearbeiten.

  • Der Prüfungsteil Schreiben geht mit 55 % in die Gesamtleistung der Prüfung ein.

Aufgaben zu Text II (literarisch)

1

Presenta a la protagonista Sandra Valdés y su situación de vida actual.

30 %
2

Examina la relación de la protagonista con el pasado y la importancia que le da.

40 %
3

Elige uno de los siguientes temas:

3.1

Comenta la siguiente cita del texto sobre los adolescentes:

“[Están] convencidos de que no necesitan consejos ni experiencia de nadie, y mucho menos de las generaciones anteriores […].” (ll. 26-27)

o:

3.2

La protagonista Sandra Valdés opina que los jóvenes de hoy no tienen demasiadas perspectivas (véase ll. 16-17). Como historiadora lleva un blog con el título ‘El mundo de antes, de ahora y el que viene’, al que los lectores pueden contribuir. Escribe una entrada para este blog discutiendo las perspectivas actuales de los jóvenes.

30 %
100 %

Text II (literarisch)

De viaje al pasado


En el momento en el que cuenta su historia, Sandra Valdés está de viaje al pueblo de su infancia

para escribir una biografía sobre Ofelia Arráez, una gran empresaria en el mundo de la moda.


Nunca me ha gustado viajar en autobús, pero resulta mucho más barato que el tren y, además, te

deja exactamente en el pueblo al que quieres ir. Antes el tren también lo hacía, pero ahora, desde

que pusieron el AVE, llegas mucho más deprisa a donde no quieres ir, y desde allí tienes que

tomar un taxi que te cuesta un riñón, o coger un autobús interurbano al cabo de una hora o dos. Y
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a eso lo llaman progreso.


Como la película que echaban era infame, me recosté y cerré los ojos pensando en mi vida en

general. Había estudiado historia en Valencia, luego un máster de contemporánea en Madrid y

otro online por la Universidad de Stanford, carísimo, regalo de mis padres, que acababa de terminar

con buenas notas y que me iba a servir lo mismo que todo lo anterior, para nada, para que me
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echaran de un trabajo de dependienta en una de las grandes cadenas de moda europeas. [...]


Como tantas veces, tenía la impresión de haber nacido en mal momento, demasiado tarde,

cuando todo el tejido social empezaba a deshacerse otra vez, después de lo que se había

conseguido en los años ochenta y noventa.


Mis padres, o incluso mis abuelos, habían nacido en el momento perfecto, cuando todo iba
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constantemente a mejor: mejores sueldos, mejores casas, mejores trabajos, mejor nivel de vida...

Mientras que ahora la precariedad lo está invadiendo todo y la gente de mi edad no tiene

demasiadas perspectivas, a menos que se anime a buscarse la vida en un país que no sea

España, cosa que, poco a poco, estaba empezando a considerar y probablemente ya habría

hecho si hubiese estudiado medicina o fuese peluquera o tuviera algún tipo de conocimientos
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prácticos que me permitiesen ofrecer mis servicios en otro país. Pero siendo historiadora...


Estoy plenamente convencida de que nuestra sociedad necesita gente que estudie el pasado, que

lo analice, que lo comprenda, que saque conclusiones para ayudarnos a tomar en el presente las

decisiones adecuadas y no comprometer nuestro futuro. El problema es que muy poca gente lo ve

así. Nuestros políticos son, por lo general, unos ignorantes ávidos de poder y privilegios, que no
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están dispuestos a dejarse aconsejar ni a aprender de lo que ya pasó. A veces pienso que son

como los adolescentes: convencidos de que no necesitan consejos ni experiencia de nadie, y

mucho menos de las generaciones anteriores, seguros de que son más listos y más hábiles que

sus antepasados y que ellos no caerán en los mismos errores, que ellos están en la cresta de la

ola y seguirán allí por siempre, inmóviles, triunfantes, sin ver que las olas, por su misma naturaleza,
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están destinadas a romperse más pronto que tarde, arrastrando en su caída al pobre tonto que

pensaba que aquella columna de agua era un pedestal de piedra en medio de un jardín. [...]

Antes de salir de casa había hecho una pequeña búsqueda en la red para ver lo que salía al meter

«Ofelia Arráez» en el buscador. Descartando todo lo que tiene que ver con el calzado, los bolsos y

los accesorios, es un nombre tan poco frecuente que había ciertas posibilidades de éxito, y no me
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equivoqué. No había mucho, pero más de lo que me había imaginado. [...]


No parecía que fuese a dar para mucho la vida de doña Ofelia, a quien ya empezaba a

imaginarme como una matrona de derechas –tenía que haber sido franquista para que la vida le

hubiese ido tan bien en aquellos tiempos–, de misa y comunión, si no diaria, al menos semanal,

trabajadora incansable–habría tenido que luchar como una leona para sobrevivir, siendo viuda, en
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aquel mundo masculino–, conservadora y discreta. [...]


Si alguien me hubiese dicho lo que me esperaba en las próximas semanas, quizá me habría

quedado en Madrid y hubiese buscado trabajo de lo que fuera, pero nadie me dijo nada, mi

intuición estaba en punto muerto y la verdad era que una parte de mí se alegraba de volver al

pueblo una temporada, vivir en casa con mis padres, dejarme mimar un poco, olvidar que a mis
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casi treinta años aún no tenía nada estable: ni casa, ni trabajo, ni pareja, ni siquiera un sueño que

perseguir, como dicen en las películas americanas.


Mi abuela, a mi edad, tenía ya tres hijos mayorcitos, una casa tan grande que se mataba a limpiar

y que habitó hasta su muerte, y un marido con el que llevaba ya cerca de quince años, contando

el noviazgo, y que fue el único hombre que conoció en su vida, usando «conocer» en su acepción
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bíblica.

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